Oposición en Ecuador: Correa aún duerme tranquilo

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Las manifestaciones del 19 de marzo y 1 de Mayo en Ecuador, revelan una mayor efervescencia social y, al mismo tiempo, un claro retraso de la oposición política.

Hay, por supuesto, un movimiento en redes sociales de autoconvocados que dicen estar cómodos sin partidos ni liderazgos políticos. Hay ciudadanos que, en Quito, la capital, han coreado “Fuera, Correa, fuera”. Hay sindicatos y movimientos sociales e indígenas, que han retirado su apoyo al gobierno de Rafael Correa y llamado a un paro nacional. Hay sondeos de opinión que revelan el desgaste político del régimen: el número de personas que no le cree al Presidente supera (49% – 45%) al que le cree. Hay más gente que osa vencer el miedo de expresar su descontento en las calles y esa masa crítica también crece en las redes sociales…

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El gobierno de Rafael Correa mantiene, no obstante, serias ventajas sobre una oposición política. Siete hechos ayudan a explicar por qué, tras ocho años de paso por el desierto, los políticos opositores no logran posicionar sus alternativas de poder en la opinión:

 

  1. La inmensa concentración de poderes que otorga al régimen la Constitución que elaboró en 2008. Correa controla el Parlamento, las Cortes, el Consejo Nacional Electoral, el mayor holding mediático del Ecuador conformado por 25 medios gubernamentales de comunicación… La oposición, del borde ideológico que sea, no tiene ante sí un contrincante: se enfrenta a todo el aparato del Estado que la obliga a jugar en una cancha inclinada, con jueces parcializados y recursos económicos ilimitados.
  2. Un cambio en la cultura política ecuatoriana: Correa llegó al poder tras casi una década de inestabilidad política en que tres presidentes fueron depuestos por golpes de Estado. Su larga estadía en el poder (en 2017, cuando habrá elecciones, cumplirá 10 años) responde, entre otras razones, al deseo del electorado de apostar por la estabilidad. Es un factor que favorece al país y, por supuesto, al presidente Correa: hasta hace unos años bastaba con esperar el desgaste del poder para reemplazarlo. Ahora se requiere erigirse en alternativa política y ganarle en las urnas.
  3. Un candidato siempre en campaña: el Presidente no ocultó su juego. Desde que se instaló en el poder confesó que estaría en campaña. Esto le ayudó a construir un aparato proselitista que lo mantiene en permanente contacto con los electores: una presencia protagónica en medios, cadenas de radio y Tv. sobre su actividad, un programa de tres horas que se transmite todos los sábados para “rendir cuentas”, desplazamientos por todo el país… Si se suman las ventajas que da el uso del aparato estatal, la conclusión se impone: ningún opositor puede siquiera soñar con competir en condiciones equitativas con Rafael Correa. Y el Consejo Nacional Electoral, que su partido controla, no encuentra nada qué decir sobre su proselitismo desenfrenado.
  4. Una oposición en plena recomposición: la llegada del correísmo correspondió al momento en que los electores ecuatorianos dieron la espalda al establishment político en general. En las calles, la sociedad pidió “que se vayan todos”. En ocho años de lo que el gobierno llama “Revolución Ciudadana”, no se ha operado una recomposición orgánica y programática de las fuerzas políticas opositoras.
  5. La derecha sin un derrotero común: Ocho años de un gobierno autoproclamado de izquierda, hacen presumir que la alternancia política –de haberla– podría favorecer a la derecha. Es la franja con mayor incidencia política en la opinión, aunque sus rangos están divididos. Guillermo Lasso, ex candidato a la Presidencia y principal dirigente del partido CREO, lidera la renovación de la tendencia. Él es el precandidato que –por ahora– hace mayor presencia en el país y tiene mejor posicionamiento en los sondeos. Lasso no oculta su deseo de reemplazar a Correa en 2017.

El Alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot, es la autoridad local de derecha que con mayor acritud ha encarado al correísmo. Tras dos candidaturas fallidas a la Presidencia en el pasado, dice no aspirar a la tercera. Su alianza con Mauricio Rodas, alcalde de Quito, de centro-derecha, y Paúl Carrasco, prefecto de Azuay, militante de izquierda, hace pensar a muchos analistas que, si esa iniciativa persevera, desembocará en la candidatura presidencial de uno de los tres. Nada de esto es seguro. El hecho cierto es que Lasso, Rodas y Nebot son figuras de una derecha que no tiene –como tendencia– una estrategia para llegar a la Presidencia de la República.

  1. Nada en el centro y aún peor en la izquierda anticorreísta: un esfuerzo de renovación parecido al de Guillermo Lasso en la derecha, no se observa en el centro político ni en el sector que, en otros países, ocupa la izquierda contemporánea. Ahí reinvindica estar el partido Avanza, creado desde el gobierno por su líder Ramiro González. Expresidente del Consejo Directivo del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) y ex ministro de Industrias, González acaba de dejar el Gobierno y para nadie es un misterio que aspira a la Presidencia de la República. Su relación privilegiada con el Presidente y el apoyo gubernamental que recibió para crear su partido, generan dudas sobre su independencia política y su deseo sincero de animar una tendencia socialdemócrata. En las cifras, no obstante, él es el líder del segundo partido, tras el oficialismo, con mayor número de autoridades locales electas.

La izquierda que se opone al correísmo tiene relativa capacidad de movilización –sobre todo rural por parte de los indígenas–, pero está lejos de representar ante los electores, una alternativa política ganadora. Y los grupos que, como Ruptura de los 25, parecían destinados a renovar la tendencia, bregan hoy por subsistir. Su influencia conceptual y política en la opinión es totalmente reducida.

  1. Sin estrategia global para desmontar al correísmo: Ningún sector de la oposición ecuatoriana ha resuelto dos interrogantes esenciales ante Rafael Correa: ¿cómo ganarle y –en caso de lograrlo– ¿cómo evitar que el futuro gobierno sea su rehén? Es claro que Correa quiere cambiar la Constitución, mediante una simple enmienda en el parlamento, donde tiene mayoría, para seguir en el poder. Es claro, igualmente, que por el inmenso número de ventajas –aquí reseñadas–, lidera las intenciones de voto en los sondeos. Su curva es, no obstante, declinante.

La oposición –del borde ideológico que sea– necesita, para ganarle, consensuar alianzas pluripartidistas. Ese escenario, apenas esbozado, ya ha creado disensiones y fracturas en algunas tiendas políticas. Ratifica la tendencia natural a la segmentación en la política ecuatoriana y la ausencia de pragmatismo que se nutre de dos formas: pruritos ideológicos y vocación a la multiplicación de caudillismos de todo pelambre.

Correa tiene otra ventaja: en el caso de presentarse y perder, sigue teniendo poderosos alfiles suyos en todos los poderes del Estado. Desmontarlos requiere cambiar la Constitución. Y para ello, se necesita un acuerdo sobre la necesidad de convocar a una Asamblea Constituyente.

Forjar tal agenda implica amplias y profundas conversaciones entre fuerzas contrarias que quieran, uno, ganar y, dos, desmontar el correísmo. Una suerte de gobierno de transición y de unión nacional. Pocas fuerzas de la oposición ecuatoriana parecen avanzar en ese camino.

La calle inquieta al presidente Correa. Pero la oposición no aparece, por ahora, ante la opinión como una alternativa real de poder en Ecuador. En ese punto, el vacío político es real.

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