Correa en la encrucijada

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El gobierno ecuatoriano rechazó el decreto Ejecutivo que Barak Obama firmó el 10 de marzo y que, en principio, busca dos cosas: sancionar a siete funcionarios venezolanos involucrados en la represión de la oposición y declarar a Venezuela como una amenaza a la seguridad de su país.

El presidente Correa reaccionó al conocer la noticia y su gobierno se unió, luego, a la declaración que en el mismo sentido formuló la Unasur. Esta vez la decisión del presidente estadounidense es polémica, pero para los gobiernos de la región no importaron mucho las señales que emitió ni el contexto que la suscitó.

Quito ha defendido al gobierno venezolano desde que Correa llegó al poder en 2007. Su política extranjera responde al credo antiimperialista tan familiar a la izquierda latinoamericana de los años 60. Es decir, un distanciamiento contundente de los Estados Unidos que se hizo evidente cuando el Presidente anunció, apenas instalado en el poder, que no renovaría el convenio con Washington para el uso de la base militar de Manta. El 17 de septiembre de 2009 el traspaso se hizo efectivo.

Correa ha sido predecible en ese terreno: es amigo y defensor de los adversarios de Estados Unidos. Se acercó a Cuba, Rusia y China. Se vio incluido, al inicio de su administración, entre los presidentes partícipes de una nueva vertiente política: el socialismo del siglo XXI. Quiso establecer vínculos con viejos líderes que alguna vez fueron considerados por la vieja izquierda en Africa y América Latina, como íconos de movimientos nacionalistas. En diciembre de 2008, por ejemplo, visitó a Mohamar Gadafi en Libia.

En realidad, la política exterior ecuatoriana ha mantenido un perfil similar al seguido por Hugo Chávez, hasta su muerte oficial, en marzo del 2013, y por Nicolás Maduro, su sucesor. A Rusia y China, se sumaron Irán, Siria y Bielorrusia.  Incluso Mahmud Ahmadineyad visitó Quito siendo Presidente, al igual que el dictador Alexandr Lukashenko. Con los dos, el gobierno ecuatoriano firmó amplios acuerdos que, a la postre, han terminado siendo solo declaraciones de intención.

Correa también apoyó las organizaciones que Chávez impulsó, desde 2004, con la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). En 2008 se formó la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y, en 2011, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac). El ex presidente venezolano animó, en alianza con Cuba, una supuesta unidad latinoamericana en contra de Estados Unidos.

La capacidad económica de Venezuela, proveniente de la bonanza petrolera, dio a Chávez un protagonismo regional que Brasil, ocupado en el juego geopolítico mundial, no contrarrestó. Las iniciativas chavistas no militaban en contra de sus intereses y los gobiernos brasileños compartían, además, algunos de sus rasgos ideológicos y políticos.

Lula da Silva o Dilma Roussef, en Brasil; Néstor Kirchner o Cristina Fernández, su esposa, en Argentina; Chávez o Maduro en Venezuela; Fidel Castro o Raúl Castro en Cuba… Correa se insertó en ese club de presidentes que, a pesar de sus diferencias, pudieron generar dinámicas ante las cuales Estados Unidos lució pasmado. La iniciativa diplomática regional cambió y Washington se encontró, algunas veces y en organismos, como la OEA, remando aguas arriba.

Chávez murió, el precio del petróleo cayó y el tablero diplomático se modificó radicalmente. Brasil, Argentina, Venezuela… conocen graves dificultades internas, económicas y políticas. Estados Unidos y Cuba han restablecido relaciones. En Ecuador se acaba el período de vacas gordas. Tabaré Vásquez, que no tuvo buenas relaciones con Chávez, vuelve a la presidencia en Uruguay…

En ese contexto, Barak Obama firmó el decreto polémico que puede significar, entre tantas cosas, que Washington quiere retomar la iniciativa en la región. Es, en todo caso, una movida de ajedrez que descoloca a muchos jugadores. Brasil es el único país que, a pesar de sus dificultades, dispone de los medios de su política. Pero esta vez, en lugar de un interlocutor regional, como era Chávez, tiene a Maduro agradeciendo las cadenas regionales que buscan ayudar a paliar la escasez de artículos básicos en su país… Los ejercicios militares que citó para responder a Obama lucen, en esas circunstancias, como un artificio meramente propagandístico. Maduro no tiene plan b y ahora sabe, entre otras cosas, que Estados Unidos puede seguir señalando y sancionando a la cúpula de su gobierno que reprime a los opositores en las calles o en las cortes.

Unasur volvió a mostrar sus límites y su comunicado, en el cual rechaza la decisión del presidente Obama, es la mejor prueba de ello. No contiene ninguna propuesta para encarar con hechos la crisis política en Venezuela y su parcialidad le resta credibilidad: a tal punto que la oposición la incluyó entre los aliados de Maduro. Dicho de otra manera: si Unasur se limita a defender el gobierno de Maduro, como lo ha hecho hasta ahora, perderá definitivamente, como ocurrió con la OEA, cualquier posibilidad protagónica en la región. Estados Unidos seguirá produciendo movidas que permitirán entender, con mayor acierto, por qué Obama pateó el tablero diplomático al decidir intervenir abiertamente a favor de la democratización en Venezuela.

El gobierno ecuatoriano no tiene peso internacional y está en una encrucijada: sabe que Maduro está contra la pared y que sus políticas represivas han sido motivo de señalamiento de Europa, tras la decisión del presidente Obama. Sabe, como los otros gobiernos, que es peligroso para la región tener un país quebrado y al borde del desangre. Y sabe, por último, que la opinión internacional cree (tras el caso de Sbolodan Milosvic) que la soberanía de un país solo cabe respetarla si su gobierno honra escrupulosamente los derechos humanos y los derechos de la oposición.

Si eso lo entiende el presidente Correa –por ahora no se ven señales en esa dirección–, Quito podría ayudar a buscar una salida sensata en Venezuela. Pero si privilegia la diplomacia del megáfono –como ha hecho hasta ahora– seguirá apostrofando contra el imperialismo y cerrando los ojos sobre la cruda realidad venezolana. Volverla centro de atención es una de las bondades que produjo Obama con su polémico decreto.

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