Reinventarse: la misión imposible del correísmo

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El 24 de Mayo pasado, Rafael Correa dijo estar presentando su último Informe a la Nación. ¿Y el del año que le queda en la presidencia de Ecuador? Esa declaración ha dado lugar a especulaciones entre las cuales está que él pudiera renunciar antes a su cargo. Ningún hecho sustenta esa suposición. Lo cierto es que este año será, de largo, el peor de la década que habrá gobernado. El Presidente tiene dos frentes que atender, que pueden agudizarse por la campaña electoral que se instala, oficialmente, a finales de año pero que en los hechos está abierta.

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1.   Hacer piruetas financieras para posponer las facturas: desde antes del terremoto del 16 de abril, los semáforos de la economía estaban todos en rojo. Pero esa catástrofe natural, que provocó oficialmente 663 muertos, sirvió al gobierno para poner impuestos (de 12 a 14% sube el IVA, impuestos al patrimonio, a las utilidades de las empresas…) y pedir créditos en los organismos multilaterales. Esos montos, que en conjunto podrían sumar unos $2000 millones, también serán utilizados –se sospecha– para cubrir parte del enorme hueco fiscal del gobierno. Pero son insuficientes. El gobierno sigue gestionando créditos, usando el dinero del Instituto de Seguridad Social, pensando en ampliar el volumen del dinero electrónico, posponiendo facturas a los proveedores, camuflando cifras u ocultándolas para evitar mostrar la magnitud de sus problemas fiscales y de caja.

Aún así, el gobierno tuvo que anunciar, el 24 de mayo, recortes en la administración y venta de activos del Estado. En el primer capítulo incluyó la eliminación de seis instituciones del Estado, 12 viceministerios, liquidación de dos empresas y fusión de medios de comunicación gubernamentales. Este ahorro, en caso de concretarse, será mínimo porque el gobierno de Correa ingresó en estos años más de cien mil funcionarios al Estado.

Entre los activos estatales a la venta, están cinco empresas y dos canales de TV. Es significativo que el gobierno quiera deshacerse de Sopladora, la hidroeléctrica faro de su gobierno, que se construye con créditos chinos, y del Banco del Pacífico, el segundo del mercado en Ecuador. El resultado de estos anuncios son inciertos por las condiciones creadas por el mismo gobierno: impuestos, inseguridad jurídica, riesgo país, condiciones laborales, ambiente político… Todo esto milita en contra de las ventas anunciadas. Igual ocurre con los canales de Tv., pues las leyes y tribunales creados contra la prensa desmotivan a posibles compradores independientes.

El año económico es complejo porque todas las movidas –inciertas e insuficientes para que los semáforos cambien a verde– son políticas: quieren evitar que Ecuador recurra a medidas tradicionales de ajuste y a una carta de intención con el FMI. El reto presidencial es seguir pagando una tarjeta con otra y disimular el hueco fiscal que podría dejar sin piso político incluso a un sucesor del mismo partido.

Por ahora, no hay calentura social, pero el desempleo, la crisis económica en general y la campaña electoral pueden atizar la calle en cualquier momento.

2.   Seguir en el poder por interpuesta persona: Correa evitó un referendo para volver a ser candidato que, según los sondeos, le hubiera sido desfavorable. Sin embargo ha prometido a sus electores hacer lo que esté a su alcance para que su partido se mantenga en el poder. Dos precandidatos están claramente en su lista: Lenin Moreno, su anterior vicepresidente, y, el actual, Jorge Glas. Los dos han aparecido en las zonas del terremoto en abierto proselitismo. En claro, la campaña electoral por parte del oficialismo ya empezó.

Políticamente, el gobierno tiene enormes dificultades para pretender sucederse a sí mismo. Su discurso político luce viejo y cansino y, hasta ahora, su único mecanismo de articulación es hacer campaña negativa de la oposición. En este punto, el correísmo imita al kirchnerismo (y eso no le permitió ganar contra Macri): acusar a la oposición de querer desmontar los beneficios sociales que creó gracias a los recursos de la bonanza de los commodities.

Sin recursos políticos, Correa y su gobierno están usando hasta el terremoto como palanca ideológica para reposicionar el discurso del Estado-protector: “reconstruimos una vez (las zonas destruidas) y lo volveresmos a hacer”. Lo primero no es cierto; lo segundo no alcanza para movilizar el electorado nacional. Esto solo muestra la indigencia política de un gobierno que tras diez años sigue hablando, para pretender seguir en el poder, del país que supuestamente encontraron.
Reinventarse parece ser el reto imposible del correísmo. Tiene seis meses para intentarlo.

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