El socialismo del siglo XXI acaba de fenecer

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17 años después de que Hugo Chávez ganara la primera elección, la oposición venezolana obtuvo su primera victoria. Lo hizo de forma contundente: 62,27% de los votos emitidos en las elecciones parlamentarias el 6 de diciembre, contra 32,93% para el chavismo. En escaños: 112 para la oposición y 55 para el gobierno.

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Esa mayoría calificada abre el camino para que la oposición pueda reequilibrar, en parte, el juego institucional y político. Y esto inaugura, en los hechos, un choque de trenes entre los poderes Ejecutivo y legislativo, cuyas consecuencias son impredecibles. El mano a mano ya empezó: la oposición dijo que votará la amnistía para los presos políticos y pondrá en el centro de sus preocupaciones la crisis económica; factor que movilizó incluso parte del electorado chavista en su favor. Nicolás Maduro, el presidente, respondió que no aceptará amnistía política y mantiene el discurso de que la quiebra económica no se debe a las políticas ejecutadas desde hace 17 años sino a la “guerra económica” que, según dice, le hacen la oligarquía y el empresariado venezolanos…

Que hayan tenido que pasar 17 años para que el gobierno venezolano reciba una bofetada en las urnas, -según la expresión de Maduro- ilustra, en toda su dimensión, las dificultades que tienen las democracias para enfrentar ese modelo populista y autoritario. Por eso esta derrota es icónica en América Latina: cristaliza el fin de un ciclo político caracterizado por la preeminencia de gobiernos auto calificados de nacionalistas y de izquierda que gobiernan Argentina, Brasil, Nicaragua, Ecuador, Bolivia… Su zona de influencia se extendió en todos los organismos regionales gracias a la bonanza petrolera que permitió convertirse, sobre todo a Hugo Chávez, en adalid de una franquicia política que no dudó en exportar. Él no era un hombre de izquierda. Su ideología era un extraño coctel de castrismo, nacionalismo, populismo, hombre providencial y caudillo latinoamericano tan bien descrito en las novelas de Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

El modelo chavista delató la honda desidia de las clases dirigentes que lo precedieron. Chávez, con las arcas públicas pletóricas de petrodólares, atendió los amplios sectores desfavorecidos de Venezuela. Esas personas, marginadas del sistema, adhirieron a las políticas asistencialistas y aceptaron el canje propuesto por el chavismo: bonos y subsidios a cambio de lealtad política. Y leales fueron hasta este 6 de diciembre cuando castigaron, en las urnas, políticas que han producido escasez, desindustrialización, inseguridad, salida de capitales, corrupción, deudas… Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo, es hoy un país destruido. Tiene la mayor inflación en el mundo y largas filas para procurarse alimentos y productos de primera necesidad.

A los 17 años reaccionó el electorado. Después de que la caída de los precios del petróleo revelara la inviabilidad de un sistema que convirtió el Estado, capturado por el chavismo, en único motor de la economía, enemigo del sector privado y filántropo sin límites. Eso subraya el costo que pagó Venezuela, primero, por la desidia de unas elites que marginaron parte de la población y, luego, por el apego de esos sectores a un modelo mesiánico que había fracasado en la vieja Europa del Este y que Chávez reencauchó llamándolo Socialismo del siglo XXI.

Ese modelo es prácticamente indestronable: hace tabla rasa del pasado, convoca a una Constituyente donde pone todas las reglas de su lado, crea candados para no poderlas cambiar, multiplica bonos y subsidios, controla todos los poderes, hostiga sin cese a la prensa, manipula la información, convierte la esfera pública en estado de propaganda, se legitima con plebiscitos, deslegitima a la oposición y persigue a los disidentes… Que a pesar de esto, el gobierno venezolano haya perdido las elecciones prueba dos cosas. Una: que la oposición ha aprendido de sus errores y del pasado. Dos: que la ruina de Venezuela hoy es visible hasta para las bases del chavismo. Antes de las elecciones parlamentarias 90% de los venezolanos, según Datanalisis, consideraban el estado de la economía “malo” o “muy malo”.

La oposición venezolana acaba de probar que el modelo chavista, concebido para eternizarse en el poder, es vulnerable a tres factores esenciales: bajón de materias primas (en su caso el petróleo); una resistencia perseverante y creativa por parte de la sociedad y sus actores políticos y una clara vocación pacifista ante un Estado-partido violento y dueño de las instituciones y los derechos ciudadanos. Ese mensaje también ha sido exportado a sociedades que, como la ecuatoriana, cumple (solo cumple) nueve años bajo el dominio de un gobierno del mismo tinte: el correísmo. También a Argentina que acaba de voltear la página del Kirchnerismo.

Rafael Correa, consciente de que el viento gira en la región, acaba de materializar su deseo de no presentarse a la elección presidencial de 2017. Está empeñado, no obstante, en seguir concentrando los resquicios de poder que la Constitución dejó en otros espacios. Los de los gobiernos seccionarles y los ciudadanos, en particular. Él quiere perennizarse a través de otro candidato presidencial y de su bloque en la Asamblea. Eso explica el paquete de reformas constitucionales, 16 en total, que acaba de hacer aprobar por su grupo parlamentario, violentando abiertamente su propia constitución. Ya ha prometido un segundo paquete con cambios que, según dijo, son más técnicos… Pero que, igualmente, concentra el poder en el Ejecutivo. Correa quiere, de esa manera, crear una realidad jurídica favorable y difícilmente desmontable por parte del próximo gobierno, si no fuera controlable por él.
Un gesto que pudiera restar en la opinión y delatar, mas bien y con crudeza, esa sed de poder insaciable que inyectó el chavismo y que hoy tiene partida de defunción en Venezuela.

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