El ciclo de la izquierda populista y reaccionaria se acaba

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El permiso dado por la Cámara de diputados de Brasil y la Comisión del Senado para llevar a juicio político a la Presidenta Dilma Rousseff –permiso que el Senado ratificó este miércoles 11 de mayo– es la prueba irrefutable de que el péndulo político cambió de sentido en América Latina. Brasil es quizá el país más representativo de este ciclo por el partido que se alzó con el triunfo en 2002, el Partido de los Trabajadores, y sobre todo por una de las figuras que lo encarnó: Luiz Inácio Lula da Silva. Un mecánico que llegó a la Presidencia y que hoy está investigado por corrupción. Dilma Rousseff, del mismo partido, lo sucedió.

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Las fisuras del modelo que tomó algunos nombres –socialismo del siglo XXI, Chavismo…– ya eran visibles, por la ineficiencia económica y la corrupción, particularmente en Argentina y Venezuela. Los Kirchner que gobernaron Argentina durante una docena de años, dieron su apellido a una de las líneas de investigación sobre la corrupción: la ruta del dinero K. Sin duda esto pesó para que hubiera alternancia política a favor de Mauricio Macri en 2015. Cristina de Kirchner tiene ahora dos imputaciones por enriquecimiento ilícito.

En Venezuela, Nicolás Maduro heredó y agravó la crisis que generó Hugo Chávez durante 15 años, hasta su muerte en 2013. Su amigo Evo Morales perdió, en febrero pasado, el referéndum y no podrá presentarse de nuevo como candidato como era su deseo. En Ecuador, Rafael Correa desistió de presentarse, pues los sondeos no lo favorecían, y enfrenta una seria crisis económica derivada de un modelo diseñado para la bonanza económica –con evidente derroche– que se acabó con el desplome del precio del petróleo. Esa crisis se agravó, en forma irremediable, con el terremoto del 16 de abril, en el cual fallecieron más de 600 personas. Correa acaba de imponer un nuevo paquete de impuestos, pues la catástrofe natural encontró vacías las arcas fiscales de un gobierno que –como en Brasilia, Buenos Aires, Caracas y La Paz– se dice de izquierda.

Muchas políticas fueron similares en estos gobiernos al punto de que se habló de una franquicia ideológica. En los hechos, estos gobiernos crearon y financiaron conjuntamente organismos políticos y de cooperación; compartieron incluso un canal, Telesur, de televisión regional. Más allá de un vuelco ideológico de carácter estructural en la opinión sudamericana, se puede decir que hubo factores coyunturales, económicos y políticos, que favorecieron la emergencia de gobiernos autodenominados socialistas: recesión económica, crisis de representación, desgaste de las elites tradicionales en los años noventa, imposibilidad de los partidos tradicionales para reinventarse… Ese vacío abrió las puertas a outsiders, como Chávez y Correa, o a proyectos que los electores habían desechado: los liderados por Lula da Silva en Brasil o Evo Morales en Bolivia.

Ese ciclo se está cerrando. La crisis de los commodities desnudó los límites de la ideología y reveló la ineficiencia de gestión de una izquierda proclive a repartir la riqueza pero incapaz de crearla. Es evidente que la bonanza petrolera permitió, en todos estos países, mover positivamente los índices sociales. Esa ventaja fue explotada políticamente y permitió la creación de clientelas políticas aceitadas desde el Estado con bonos y subsidios. Esas políticas, saludadas por los organismos internacionales, son novedosas pero, a la vez, insostenibles. Esto ya se observa en las estadísticas principalmente de Venezuela y Brasil.

El balance de este ciclo tendrá que hacerse caso por caso, pues, al margen de los rótulos ideológicos, hay matices y diferencias entre estos países. En Bolivia, por ejemplo, hay un manejo más ortodoxo de la economía. Desde ahora, no obstante, es posible discernir algunas características compartidas por estos gobiernos que pesarán, indudablemente, en la cultura política de esta región. Cuatro, para empezar:

1. La polarización: los gobiernos dividieron los países entre partidarios suyos y el resto. El dinero de los commodities les permitió jugar el papel de mesías y hablar de un antes y un después. No solo refundaron el país; en casos como el venezolano y el ecuatoriano, hablan abiertamente de un quiebre histórico: la segunda independencia tras la lograda contra España en el siglo XIX. Polarizar siempre entre buenos y malos, patriotas y vendepatrias, hace parte de su estrategia. Sus consecuencias son nefastas pues la política se convirtió en una religión donde no cabe el sentido común, la lógica y el debate civilizado de ideas y proyectos políticos.

2. El Estado es todo: el dinero de los commodities permitió a esos gobiernos convertirse, con matices, en principio y fin de todo. En lo político concentraron todos los poderes (sobre todo en Venezuela y Ecuador) y se erigieron incluso en representantes absolutos de la sociedad. En el plano económico, suplantaron al sector privado y convirtieron al Estado en motor de la economía. Desmontar este sistema, amparado por la Constitución y una maraña de leyes, decretos y reglamentos será una de las tareas más arduas y difíciles para los futuros gobiernos. El ogro filantrópico de Octavio Paz ahora es una singularidad más de la cultura latinoamericana.

3. Sociedades dependientes: estos gobiernos tuvieron el acierto de colocar, en forma imprescindible, las políticas sociales en la agenda de los gobiernos y de las sociedades. Lamentablemente usaron esas agendas para fines proselitistas. Sus políticas sociales lejos de estar atadas al proceso productivo se convirtieron en eje de su estrategia de polarización. Total, ni son sostenibles ni han cambiado la cultura política de la sociedad. Por el contrario, ahora son muchos más los ciudadanos que esperan todo del Estado. En este punto esos gobiernos de izquierda también fracasaron: volvieron al esquema de gastar y poner impuestos a quienes tienen dinero. Pero no reconciliaron la sociedad con la producción y con la necesidad de producir riqueza.

4. El fin de la esfera pública: una de las peculiaridades primordiales de la izquierda era el debate público. Su fuerza contestataria fue evidente en sindicatos, asociaciones, universidades, movimientos indígenas y sociales, minorías, cristianos inspirados en la teología de la liberación… Esa izquierda, una vez en el poder, probó que su lógica era unívoca y totalitaria. Bloqueó el debate, criminalizó la protesta social, creó mecanismos contra los medios y la libertad de expresión, instaló ejércitos de troles para hacer cacería de brujas en las redes sociales. En definitiva, convirtió la esfera pública en lo más parecido a una alcantarilla. Este es un daño estructural impresionante hecho por gobiernos que se dicen progresistas y que han hecho lo imposible por catequizar desde el poder a una sociedad que la ven obediente, no deliberante.

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