Ecuador: la oposición no despega

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La oposición por fin siente vientos favorables en Ecuador. En el panorama político hay señales de que Rafael Correa, tras ocho años de gobierno, dejó de ser electoralmente invencible. Y lo que es negativo para el Presidente, es una bocanada de oxígeno para una oposición que ha atravesado un largo desierto. Entre esas señales hay económicas y políticas.

Económicas: el gobierno ya no cuenta con el caudal de dólares que produjo el alto precio del petróleo –unos $89 000 millones de 2007 a 2014–. Consecuencias directas: el desfinanciamiento del presupuesto 2015 y el anuncio de medidas que perfilan un período de vacas flacas.

En ese sentido, resulta política pero inhabitual la reducción del salario de altos dignatarios, incluido el del Presidente. El gobierno no habla todavía de ajuste pero si el precio del petróleo se mantiene por debajo de 50 dólares, tendrá que aplicar serios recortes.

Políticas: el 23-F de 2014, se produjo un punto de inflexión. El oficialismo perdió 21% de su electorado, según estudios de Carlos Larrea y Pablo Ospina, catedráticos de la Universidad Andina Simón Bolívar. En esas elecciones seccionales, el gobierno perdió diez capitales de provincia que tenía desde 2009 –entre ellas Quito, la Capital– y los prefectos opositores, lejos de ser destronados incrementaron su votación. El bajón electoral se concentró en sectores populares y en extractos medios urbanos. Una alerta que políticamente el gobierno no procesó.

Otra señal adversa es el rechazo que, según los sondeos, encuentra la reelección indefinida. Correa se opuso a que los electores zanjaron ese tema en las urnas y lo está viabilizando en la Asamblea Nacional donde tiene mayoría.

El costo político de querer perennizarse en el poder es tan incierto como el panorama económico. Los sondeos, cuyos resultados son cada vez más polémicos, indican que, si bien la popularidad del Presidente ha bajado, su nivel sigue siendo alentador para él. La firma Market lo sitúa alrededor del 40%. Para Cedatos, en cambio, él cerró 2014 con 60% de aprobación de su gestión.

Como quiera que sea, Correa tiene un panorama menos favorable pero sigue siendo la mejor carta en su gobierno para sucederse a sí mismo en 2017. La buena noticia para la oposición es que algunos sondeo muestran que, de aplicar una estrategia correcta, Correa no ganaría en la primera vuelta. Y que si hay ballotage, podría perder en la segunda.

Lo cierto es que en ocho años, la oposición sigue estando excesivamente fragmentada: el correísmo no la forzó a modificar esa característica tan propia de la política ecuatoriana. Hay, no obstante, partidos que han prácticamente desaparecido. Dos, en particular: el Partido Roldosista Ecuatoriano, liderado por Abdalá Bucaram (asilado en Panamá desde el golpe de Estado que puso fin a su gobierno en 1997). Y el PRIAN, encabezado por el empresario Álvaro Noboa, quien ha intentado cinco veces llegar a la Presidencia de la República.

Lucio Gutiérrez, ex presidente de la República y líder del partido Sociedad Patriótica, luce relegado. En la elección presidencial de 2013 obtuvo 7% de votos; lejos de Guillermo Lasso que logró 23% de votos. Mauricio Rodas obtuvo 4%, pero con 39 años fue catalogado como una promesa política y el año pasado causó la sorpresa al ganar al candidato del correísmo –que quería repetir–, la alcaldía de Quito.

En esas circunstancias, se puede afirmar que la elección presidencial de 2013 perfiló el nuevo mapa político de la oposición frente a Rafael Correa: operó un relevo en el centro derecha y consagró la crisis de identidad de movimientos y partidos de izquierda que, tras haber estado en el Gobierno, rompieron con el correísmo. En efecto, la Unidad Plurinacional de las Izquierdas, liderada por Alberto Acosta, mentor del Presidente y ex presidente de la Asamblea Nacional, apenas obtuvo 3% de votos. Y Ruptura de los 25, un movimiento de jóvenes que tras cinco años de alianza rompió con Correa, sumó apenas más de 1%.

Esos dos hechos marcan aún el rumbo de la oposición: el centro derecha tiene que desmentir al Presidente cuando la acusa de querer volver al pasado. Esto implica para Lasso y Rodas, entre otros, renovar la tendencia. Las franjas de izquierda, que ayudaron a llegar al poder a Rafael Correa, parecían destinadas a cumplir la misma tarea.  Pero en su mayoría siguen prisioneras de los postulados de los años sesenta.

Teóricamente, los dos bandos se necesitan para sumar frente al Correísmo. Y hay fuerzas, en las dos tendencias, que así lo entienden. Por ejemplo, el 23 de febrero pasado se llevó a cabo en Cuenca una cumbre entre Jaime Nebot, alcalde de Guayaquil, Mauricio Rodas, alcalde de Quito, y Paúl Carrasco, prefecto de la provincia del Azuay. Hecho inusual por el motivo que la concitó: hacer un llamado a la unidad de cara a las presidenciales de 2017.

Las reacciones, sobre todo en la izquierda tradicional no correísta, muestra que el camino emprendido ese día, entre representantes tradicionales de la izquierda y la derecha, tendrá serias dificultades para cuajar. El escenario creado por líderes de gobiernos locales tomó, sin embargo, por sorpresa al Gobierno. Correa no ha perdido oportunidad para descalificar esa alianza, según él, contra natura. La virulencia de sus ataques deja entrever que esa iniciativa lo preocupa.

Los prejuicios ideológicos no son el único obstáculo que la oposición tiene. Está dividida también entre aquellos que apoyan desde ahora a Guillermo Lasso –un ex banquero que tiene una amplia estructura partidista– y aquellos que preconizan un proceso de unidad en dos tiempos: primero aliarse alrededor de un programa mínimo y, luego, escoger quien lo represente ante los electores.

Desmontar o no el correísmo: es otro punto de fricción entre la izquierda, versión años sesenta, y franjas de centro o de derecha que creen que es urgente ganar, además de la Presidencia, la mayoría de la Asamblea Nacional. Guillermo Lasso está en esa línea y cree que se debe desmontar, con otra Asamblea Constituyente, los mecanismos que han ayudado a que el correísmo concentre todos los poderes del Estado. La izquierda de Acosta cree, en cambio, que el marco constitucional es el adecuado y que problema es Rafael Correa. Para esa izquierda bastaría cambiar de Presidente y restablecer el texto constitucional original que ayudaron a escribir y votar en 2008.

En el fondo, esta apreciación delata una diferencia estratégica esencial en la oposición: hay líderes que preconizan forjar acuerdos mínimos entre la mayor parte de fuerzas políticas que juzgan imprescindible restablecer la institucionalidad y la democracia en Ecuador. Otros quieren encarar las elecciones de 2017 como una elección más en la que quieren participar preservando las fronteras de su tendencia política.

Dos años tiene la oposición: puede ser poco, pues la opinión pública no identifica un proyecto alternativo al correísmo. Además esa oposición tendrá en su contra al Consejo Nacional Electoral: no hay un solo líder de la oposición que tenga confianza en esas autoridades. Pero quién sabe: el Presidente ecuatoriano es experto en aumentar cada día el número de descontentos. Ahora ha lanzado una guerra incluso contra sus críticos en las redes sociales. Y tras ocho años de administración no muestra nada nuevo a sus electores. El único programa ante la oposición parece ser agitar los fantasmas del pasado…

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